Creo en la iglesia católica
¿Qué tan católicos somos los protestantes?
04 DE DICIEMBRE DE 2022 · 08:00

Los dos credos más antiguos de la cristiandad, suscritos por igual por sus tres grandes ramas: católica romana, ortodoxa griega y protestante evangélica, son el llamado “credo apostólico” y el “credo niceno”.
En una de sus líneas, el primero de ellos dice así: “Creo en… la Santa Iglesia Católica”. Y en el segundo también podemos leer: “Creo en la iglesia que es una, santa, católica y apostólica”. Por lo tanto, si los protestantes suscribimos estos credos, como en efecto lo hacemos; eso significa que creemos en la iglesia católica, lo cual no deja de sonar contradictorio, dada la separación formal y la controversia que, desde Lutero y la Reforma hace más de 500 años, sostenemos con el catolicismo romano desde entonces hasta hoy.
Por eso es que debemos, pues, preguntarnos ¿en qué sentido y qué tan católicos somos los protestantes? Para responder estas preguntas debemos comenzar por establecer qué era lo que los credos entendían por la expresión “iglesia católica” y, más exactamente, por el adjetivo “católica” cuando lo incluyeron en el texto de estos credos fundamentales que expresan de manera sintética lo que la Biblia llama “la sana doctrina”.
Porque esta palabra no significaba en ese tiempo lo mismo que hoy por hoy ha llegado a expresar cuando la utilizamos. En el contexto del credo apostólico lo único que quería dar a entender era lo que etimológicamente significaba, es decir “universal” y nada más.
En este sentido, los protestantes sostenemos la catolicidad de la iglesia por varias razones. En primer lugar, porque el cristianismo rompió los linderos nacionales del judaísmo, considerada por las ciencias modernas de la religión una “religión nacional” en la que la salvación y el favor de Dios se obtenía básicamente por haber nacido y formar parte, culturalmente hablando, de un pueblo, nación o etnia particular, como en este caso, por ser descendiente directo, desde el punto de vista genético, de Abraham y por formar parte de la nación de Israel tal como ésta llegó a conformarse a partir de Jacob (nieto de Abraham) y sus 12 hijos que dieron origen a las 12 tribus de Israel.
Es por eso también que las ciencias de la religión han catalogado al cristianismo, por contraste con las religiones nacionales como el judaísmo, como una “religión universal”, apreciación ratificada y confirmada de este modo por el apóstol Pedro: “Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:34-35), por el apóstol Pablo: “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28) y por el apóstol Juan: “Después de esto miré, y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con ramas de palma en la mano” (Apocalipsis 7:8-10).
En consecuencia, la catolicidad o, más exactamente, la universalidad de la iglesia radica en que el evangelio está llamado a abarcar a todo al mundo sin discriminación alguna por causa de la cuna, el origen o la condición social o cultural de quien lo acoge, justificando la labor misionera de la iglesia para ir: “… por todo el mundo…” y anunciar: “… las buenas nuevas a toda criatura” (Marcos 16:15) y hacer así “… discípulos de todas las naciones” (Mateo 28:19), predicando el evangelio: “… hasta los confines de la tierra” (Hechos 1:8).
La iglesia es, pues, “católica” en este sentido particular, pues desde la óptica divina es “universal”, independiente de las estructuras institucionales y las confesiones y linderos más particulares de sus tres grandes ramas y denominaciones, y al margen incluso de ellas, en lo que el reformador Juan Calvino llamó “la iglesia invisible”, que abarca con mucha probabilidad a más personas de las que podemos observar en las congregaciones visibles con su respetivo nombre y rótulo distintivo, en las cuales, a su vez, así como no todos los que son, están; así tampoco todos los que están, son, bajo la convicción final de que: “… «el Señor conoce a los suyos»…” (2 Timoteo 2:19).
Sin perjuicio de este significado básico del término “católico”, a principios del siglo IV y a raíz de la herejía de Arrio, que negaba la divinidad de Cristo y, por extensión y de manera consecuente, terminaba también negando la doctrina de la Trinidad; esta palabra comenzó a adquirir contornos doctrinales más concretos para designar a los cristianos que sostenían y defendían la Trinidad en contra de los arrianos que la negaban.
Así, presentarse como un cristiano católico en esta época significaba no sólo la creencia en la universalidad de la iglesia en el sentido ya considerado, sino también una indicación de que se era un cristiano trinitario en una época en que el arrianismo llegó a amenazar seriamente a la iglesia, al punto de llevar a Jerónimo, uno de los grandes padres de la Iglesia, traductor de la Biblia al latín conocida como La Vulgata, a lamentar en su momento, ante la cantidad de obispos arrianos existentes y su creciente influencia e intrigas con el emperador para imponer su punto de vista ya condenado oficialmente por la iglesia en pleno en el famoso Concilio de Nicea del 325 d.C. (el mismo en el que se redactó el credo niceno), que: “el mundo se despertó con un llanto cuando se descubrió arriano”.
En este orden de ideas, los cristianos evangélicos también creemos en la iglesia católica si con ello se hace referencia a la importancia no negociable de la doctrina de la Trinidad para establecer la ortodoxia o doctrina correcta de la iglesia con arreglo a la “sana doctrina” por la que la Biblia nos exhorta a contender ardientemente.
Por último, el sentido actual del término “católico” que parece haberse impuesto es diferente del que tenía en los credos. Este sentido es el que surgió de la controversia con la iglesia de Roma por parte de quienes, en el siglo XVI y hasta nuestros días, rompimos con ella para seguir las ideas de los reformadores Lutero, Calvino, Zwinglio y compañía.
Este es el contexto y la coyuntura todavía vigente en el que se entiende hoy el término católico en primera instancia, es decir como una iglesia que se subordina y acepta sobre ella la autoridad del papa u obispo de Roma. La iglesia de Roma se apropió y terminó así usufructuando para sus exclusivos intereses la palabra “católico” que había sido originalmente patrimonio de toda la cristiandad trinitaria e identificándose con ella para diferenciarse de sus contradictores protestantes, impidiéndonos hoy suscribir si reservas nuestra creencia en la iglesia católica tal como se incluyó originalmente en los credos, sino modificando esta expresión en la manera en que evocamos los credos en las iglesias protestantes, en los que los evangélicos leemos hoy más bien: “Creo en la santa iglesia universal”, para evitar confusiones, equívocos y malas interpretaciones.
Valga decir, para terminar que, por el contrario, las iglesias evangélicas, privadas así de poder acudir, sin tener que dar explicaciones como éstas, a un término que fue originalmente patrimonio de toda la cristiandad; les han devuelto inadvertidamente el golpe a la iglesia católica romana, pues en los países hispanohablantes un católico romano ya no puede presentarse como “cristiano” a secas sin más explicaciones y sin que su interlocutor lo identifique de inmediato y de manera natural como miembro de alguna de las denominaciones del protestantismo, que es lo que en nuestros países se entiende en primera instancia por el término “cristiano”.
Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Creer y comprender - Creo en la iglesia católica