Pido un reverente silencio ante la partida de Julio Melgar

Toda muerte nos enseña algo que nos ayuda a poner en el olvido nuestras controversias.

    22 DE ABRIL DE 2019 · 12:00

    Julio Melgar, en una foto reciente,Julio Melgar
    Julio Melgar, en una foto reciente

    He visto con cierto asombro, y por qué no decirlo, también con pena, la desagradable e imprudente ola de descrédito y descalificaciones que algunos hermanos han querido levantar en torno a la sentida partida del cantante guatemalteco Julio Melgar.

    Entre los muchos hermanos que en todo nuestro continente oraron y han lamentado con notorio pesar la partida de este hermano, están algunos creyentes de cierta nombradía y fama que lo hicieron, dentro de su estilo y esquema ministerial, proclamando y profetizando salud sobre Melgar y “fallaron”.

    Sin embargo, fue ostensible que quienes no estaban de acuerdo con estos hermanos apostaron al fracaso de sus peticiones, de sus declaraciones, de sus profecías. Muchos otros hermanos, también amigos y familiares, hicieron sus oraciones con este mismo fervor, tal vez expresando sentimientos y palabras similares, pero el proclamado y deseado milagro no sucedió.

    Llama la atención que algunos estén utilizando esta sentida partida para descalificar a personas, predicadores y cantantes que oraron por el hermano Melgar declarando o profetizando que recibiría la salud de parte de Dios y que su ministerio sería restablecido.

    Sin duda, todos queríamos que este reconocido cantor del Señor fuera levantado y devuelto al altar de adoración, pero no sucedió, Julio murió. Sin embargo, Dios está en su mismo lugar y el despliegue de su amor, poder y misericordia sigue extendiéndose por igual.

    Ante esta realidad, las críticas sobran y los argumentos y las explicaciones devienen en necedad y fastidio. Lo que recomienda la prudencia y el buen sentir cristiano es un piadoso y reverente silencio.

    Pienso que se estropea el sentimiento cristiano cuando se usa la partida de un siervo de Dios para cuestionar las fallas y la fe de otros. Resulta penoso cuando se asalta la ocasión para juzgar el sentimiento y los motivos de las oraciones de otros.

    Hay momentos en que los juicios y las críticas repercuten con ecos de imprudencia, de necedad e insensatez. Debemos aprender que hay momentos en los que se impone el silencio.  

    Si Julio Melgar no se levantó no fue por falta de oraciones, o por oraciones “inapropiadas”. Las cadenas de oración por su salud fueron muchísimas, en todo el continente nuestro hubo multitudes de hermanos orando sincera y fervorosamente por la salud de este hermano.

    Para algunos, el fallecimiento de Melgar fue la confirmación de sus premoniciones, su muerte les permitió imponerse ante una controversia religiosa y ese “acierto” no lo pueden ocultar. Ellos se dan como los ganadores. Tocan trompeta como quienes están autorizados a levantar, en esta inapropiada ocasión, el banderín de la “doctrina correcta”. Así, apelan a todos los recursos disponibles para demostrar que ellos ganaron y los profetas que no “acertaron” perdieron.

    Hasta esos extremos pueden llevarnos la rivalidad y el fanatismo religioso. He visto algunas publicaciones por las redes, y son como si alguien en pleno funeral estuviera señalando el cadáver de Julio y diciendo: “Mírenlo ahí, ahí está la prueba de profecías y falsas proclamaciones”…  “Son unos charlatanes, unos mentirosos, son unos lisonjeros y engañadores”…

    En un escenario así no hay espacio para la compasión. Prevalece así el juicio ligero y apresurado ante la muerte, ante la más desconcertante y a la vez mas solemnemente pesarosa de las realidades terrenales, y a la que todos tenemos que enfrentarnos en un momento determinado de nuestra existencia. Ante esta realidad, la reacción más prudente, no son los juicios precipitados y oportunistas, es el silencio.

    Pero parece que la crítica mordaz y enfermiza no se detiene ante nada, no se limita ante la realidad suprema de la muerte, no se recoge ante la sombra extrema y seria de su impronta trágica y solemne, quiere, por sobre todo, imponer sus juicios y establecer sus razones y creencias.

    Es lamentable que todo lo que Dios estaba haciendo a través del testimonio de Julio Melgar, todos los sentimientos, la fuerza intercesora que se desató en los últimos momentos de su vida, esa entrega unánime que congregó tantas vidas en este continente y más allá, en un solo propósito, se quiera reducir a la infructífera y poco edificante controversia que busca las fallas y desaciertos en la forma como oraron por este hombre algunos profetas de cierto nivel de nombradía y fama.

    Todas las pérdidas que nos producen dolor nos llevan por un momento hasta un punto de desconcierto y de angustia en la que ninguna respuesta parece clara y satisfactoria. Del fondo, de lo más recóndito de nuestro ser surge un porqué que navega sin amarras en el vacío de lo inexplicable y, al fin, la respuesta nunca llega en los términos razonables y lógicos que nosotros quisiéramos escuchar.

    En otro punto y momento la respuesta llega de la mano de un sentimiento de aceptación y consuelo en el que comenzamos a entender la soberanía de Dios, en el que su Palabra y presencia tierna nos devuelven la armonía y donde, precisamente, sentimos esa paz que sobrepasa todo entendimiento, esa paz que nos permite decirle a Dios: “Todo lo que tú has hecho yo lo acepto y está bien”.

    Todas las partidas nos enseñan algo que nos ayudan a poner en el olvido nuestras controversias, a dejar atrás nuestros torpes reclamos y querellas que solo alientan nuestra soberbia, porque hay momentos en la vida que lo único verazmente entendible es que estamos bajo el ras de la muerte que, a fin de cuenta, nos iguala a todos sin distinción en su medida implacable de despedida y cierre. Solo la gracia de Dios expresada en Jesucristo es lo suficientemente poderosa para librarnos para siempre de las terribles garras de este temible enemigo que se llama muerte.

    Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Para vivir la fe - Pido un reverente silencio ante la partida de Julio Melgar

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